Pertenecer al proyecto "Memoria del Humo",
fue un raro privilegio del que estoy seguro será muy difícil
volver a disfrutar.
Como toda cosa que al final resulta ser importante, el proyecto
nació de una simple necesidad: jóvenes estudiantes
secundarios de la comunidad aborigen de Lago Rosario debían
realizar un trabajo socio cultural para poder ser parte del programa
de becas del INAI (Instituto Nacional de Asuntos Indígenas).
No se trataba de una tarea más: ellos eran los primeros jóvenes
de su comunidad que podían terminar el secundario. Antes
que ellos, otros jóvenes apenas concluida la escuela primaria
debían abandonar sus estudios para trabajar y aportar con
sus magros ingresos como peones de campo a la economía familiar.
El programa de becas fue gestionado desde un comienzo por el director
de Cultura de Trevelin, Jorge Fiori.
Sintiendo la responsabilidad que no era suya, pero sí su
compromiso- de garantizar que los jóvenes continuaran con
el programa, Fiori comenzó a desarrollar un proyecto que
permitiera rescatar la memoria de los antiguos pobladores de Lago
Rosario a través de los jóvenes de esa comunidad.
El trabajo bien pudo quedar enmarcado en una tarea escolar. Pero
siendo Fiori un apasionado de la historia y en particular de la
recuperación de la historia oral de su comunidad, donde se
mezclan corrientes galesas, aborígenes, chilenas, criollas
y de otras partes, propuso como objetivo la edición de un
libro que las incluyera.
El proyecto fue finalmente aprobado por el INAI y también
su financiación.
Allí es donde me comenta su propuesta invitándome
a formar parte del proyecto.
El desafío no estaba en el trabajo en sí, sino en
la forma que habríamos de darle al mismo: por una parte,
respetando al máximo las expresiones de los testimonios,
y en segundo término dotando al texto de cierto tono literario
que asegurara una lectura amena.
Para ello era necesario entrenar a los jóvenes en cuestiones
que para uno, desde la perspectiva periodística eran habituales:
uso de un grabador o de una cámara de fotos; qué preguntar,
cómo hacerlo.
Fue así que comenzamos con una serie de talleres previos,
en los que trabajamos estas cuestiones y elaboramos en conjunto
un cuestionario básico que incluyera aquellas preguntas cuyas
respuestas no podían faltar en ninguno de los testimonios.
Pero al mismo tiempo se puso hincapié en la posibilidad de
re-preguntar en base alas respuestas que se obtenían. Para
ello, era necesario que los jóvenes estuvieran atentos, comprometidos
con su entrevistado.
A lo largo de 18 meses se relevaron un total de 24 historias, de
las cuales 23 conforman el libro. La única exclusión
fue consensuada sobre la base de que se trataba de una persona relativamente
joven y su testimonio estaba ya referido por el resto de los entrevistados
e incluso con mayores detalles.
Cada testimonio fue desgrabado y luego comenzó la tarea de
construir la narración de cada uno.
A eso se sumó toda una serie de datos y acotaciones que se
hacían necesarias para comprender ciertos términos,
o referencias a hechos, anécdotas y personas que , sin estas
"notas al pie", perderían su real significado.
El libro terminó siendo una obra artesanal. La diagramación
interna, las correcciones (que debieron ser más celosas,
seguramente), la selección y el orden de las historias, todo
fue consensuado y realizado dentro del proyecto.
El diseño de la tapa fue realizado en base a un trabajo que
generosamente aportara la artista plástica Andrea Marchissio,
contándose además con la colaboración del lingüista
Antonio Díaz Fernández para la correcta transcripción
y traducción de los términos en mapuzungún,
la lengua mapuche.
Un total de 800 ejemplares vieron finalmente la luz en octubre de
1999. Debieron ser mil, pero preferimos no ahorrar páginas
(es decir cortar historias) y reducir la cantidad de ejemplares
para mantenernos dentro del limitado presupuesto.
Así, logramos cerrar el círculo: los jóvenes
pudieron continuar sus estudios (algunos avanzan en la informática,
otros están becados en escuelas bilingües (inglés-castellano).
Sin apartarse de la realidad de su comunidad, en el transcurso
del proyecto los jóvenes involucrados tuvieron varios sobresaltos:
algunas jóvenes fueron mamás (y alguno de los jóvenes
fueron papás), noviazgos, rupturas; otros debieron priorizar
el trabajo...
Al fin y al cabo un libro no iba a cambiar el fondo de una realidad
que viene de años. En todo caso, la experiencia puede haber
servido para mostrar a estos jóvenes la importancia de
generar sus oportunidades o de hacer buen uso de aquellas que
se presentan.
Creo firmemente, demás, que el reencuentro con su historia
y la de su pueblo -de la que muchos renegaban y desconocían-,
ha significado un proceso interior en cada uno de estos chicos,
que seguramente habrá de dar sus frutos más adelante,
cuando sean adultos.
Por todo esto, y como señalé al comienzo, haber
formado parte de este proyecto más que una experiencia
literaria, periodística o de investigación, ha sido
una experiencia de vida.
Ingresar en cada vivienda o rancho o casilla, pero siempre llegando
a un hogar donde la dignidad estaba presente; recorrer largas
distancias a caballo, con nieve, con sol (algo excepcional para
uno, pero tan cotidiano para los ancianos como para los jóvenes
de esta comunidad), fotografiar esos rostros que son los rostros
del tiempo...
Un privilegio del que difícilmente vuelva a disfrutar,
pero a partir del cual me siento profundamente involucrado con
vivir en esta región de la cordillera.
Finalmente resta decir que quienes participamos de este proyecto,
hemos decidido que los beneficios económicos que pudieran
derivar de este libro, como por ejemplo sus derechos de autor,
sean destinados a la Comunidad de Lago Rosario, a través
de la Casa de la Artesana que allí existe.