Un recorrido por los colores, los sabores
y la historia de la zona
Por Valeria Carrizo
Un grupo de periodistas y fotógrafos fuimos invitados
a conocer la cordillera de la provincia en cuatro días.
Una agenda apretadísima nos llevó desde Esquel hasta
Lago Puelo. Cruzando el desierto chubutense, se descubre un mundo
distinto, bendecido por la naturaleza.
En otoño la naturaleza toma su paleta de colores y va
pintando uno a uno los rincones de la cordillera de Chubut. Rojo
a las lengas, azul intenso a los lagos, amarillo a los álamos,
blanco a las cumbres, verde a los cipreses. Un espectáculo
difícil de traducir en palabras.
Partimos desde Trevelin. El
primer destino es Futaleufú.
La represa hidroeléctrica, el ríio y el pueblo llevan
el mismo nombre. Los dos primeros están de este lado de
la cordillera; el pueblo, del lado de Chile. A la orilla del camino
crece silvestre la rosa mosqueta. Las hojas están volviéndose
amarillas y contrastan con el rojo intenso de la fruta.
La ruta a Futaleufú está rodeada de vegetación
natural e implantada. Se suceden cipreses, fresnos, maitenes,
cohihues, radales. Los oídos no dan abasto para retener
tantos nombres que el guía dispara como de memoria.
A mitad de camino hay un pequeño muelle sobre el río.
Un pescador solitario pesca con mosca en el agua inmóvil.
El paisaje se completa con tres cabañas de madera. Abruma
tanta tranquilidad.
Algo interrumpe el paisaje hasta la molestia: las torres de alta
tensión que llevan los cables desde la presa hasta la costa
Atlántica del Chubut. La represa Futaleufú divide
en dos al río del mismo nombre. Del lado argentino, queda
un angosto curso casi sin corriente. Del lado chileno, el río
mantiene su curso natural y se llena de rápidos. El guía
dice que este el segundo río mas importante del mundo en
rápidos. Suena al típico fanfarroneo argentino...
pero este año vinieron los de Camel a hacer su Desafío
de Rafting, del lado de los rápidos, por supuesto.
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Vale la pena recorrer
la cordillera chubutense en otoño, y en cualquier
otra estación del año. |
Volvemos. La visita a Futaleufú, sin entrar a conocer las
máuinas resultó un poco aburrida. El salto de agua
está bajo tierra, entubado. Para entrar hay que contratar
a algún guía de la Asociación de Guías
de Turismo.
Al regresar pasamos por la Escuela 18. La imagen impacta. La entrada
está tapizada por un inmenso colchón de hojas amarillas.
Los que estamos acostumbrados al gris verdoso de la estepa no
paramos de sacar fotos.
Dicen que en esta escuela unos 300 habitantes del lugar "entre
mapuches y galeses- decidieron que querían ser argentinos
y no chilenos, cuando un plesbicito los consultó al respecto en 1902. Adentro, los muebles
permanecen congelados en el tiempo.
Mas tarde tomamos un camino de tierra que nos llevará hasta
el lago Rosario. Allá,
un camping íntegramente organizado y administrado por jóvenes
mapuches se muestra como un atractivo particular, como un logro
inmenso de la comunidad huinca, que fue la encargada de capacitarlos.
No se termina de entender si visitamos el lugar para conocer la
geografía o para enterarnos de este gran proyecto.
El guía dice que no podemos dejar de ir a las
Cascadas de Nant y Fall. Otro camino de tierra. A esta hora,
ya estamos un poco cansados. Vamos a hacer en un solo día
un circuito que los turistas hacen en casi cuatro. Pero ya lo
dijo uno de los fotógrafos que integra este press trip
"somos fotógrafos y queremos fotografiar; somos periodistas,
queremos periodistar". Vinimos a trabajar. Disfrutar tiene
otro precio. La recorrida promocional es larga y el tiempo corto.
La cascada Nant y Fall es una reserva Turística Provincial.
Une el lago Rosario con el río Futalefú formando
tres saltos importantes en menos de 400 metros. La catarata más
grande tiene 65 metros de altura. Estos ríos y espejos
de agua corresponden a la cuenca Pacífica.
Antes de que caiga el sol tenemos que llegar al Molino Harinero
Nant Fach. La excursión reviste doble importancia. Uno:
la máquina fue íntegramente hecha a mano por Mervin
Evans, un descendiente de los primeros habitantes de la comarca.
Dos: Trevelin significa "Pueblo del molino" y vale la
pena conocer por qué.
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El molino harinero
Nant Fach, una postal pintoresca de Trevelin. |
El molino está en una casita de madera que parece sacada
de un cuento. Adentro funciona también un museo. Evans pone
en marcha su creación para nosotros. Vemos cómo el
trigo se convierte en harina y salvado. Me llevo un puñado
de trigo. Nunca lo había visto.
Comprimimos la visita y el recorrido en media hora. La visita "real"
debe tomar por lo menos, seis veces más. Evans se sabe a
la perfección la historia de los molinos harineros de la
zona. Habla de las grandes harineras de Buenos Aires, de cómo
le quitaron el trabajo a sus ancestros hasta hacer desaparecer esta
industria que resucitó a pequeña escala.
El paseo por los alrededores de Trevelin termina en la tumba del
caballo Malacara. Enterrado en el jardín de la nieta de su
dueño, el Malacara se hizo famoso por haber salvado a John
Daniel Evans de morir a manos de los tehuelches. Evans, que venía
del valle del río Chubut a caballo, se había metido
en la cordillera vestido con ropa del ejército. Los tehuelches
mataron a sus compañeros y lo siguieron. Dicen que el Malacara
le salvó la vida saltando de un barranco.
Los trevelinenses le agradecen el gesto: si Evans no hubiese vuelto
a Gaiman con la noticia de que cruzando el desierto había
un valle, montañas y agua, los galeses nunca se hubieran
afincado en la comarca y quizá, "esto sería tierra
chilena" se empeña en afirmar el guía que nos
acompaña.
Terminamos la jornada cenando en una parrilla de Trevelin. Se llama
"regon". Cora, la dueña, nos atiende personalmente.
"Hoy me inspiré en la cocina árabe" dice
mientras trae quepi y niños envueltos de entrada. También
ciervo en escabeche. Cenamos parrillada. Después del postre,
Cora ofrece licores caseros. Es el broche perfecto para un recorrido
delicioso.
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