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Concepción,
de 104 años, vivió casi toda su vida en
Deseado. |
María Concepción Sierra Vda. de Ramos tiene 104
años y la lucidez intacta, a pesar de que de vez en cuando
sufre algún quebranto en su enjuto cuerpo. Quizás
por ello está internada en un hogar de ancianos privado,
en Comodoro Rivadavia, donde discurre los días charlando
con las enfermeras, los amigos o la familia que la visita, no
tan asiduamente como quisiera.
Claro que María Concepción no vivía en
Comodoro. Transcurrió toda su larga vida en Puerto Deseado,
y entre su interesante historia, que ella recuerda con una memoria
sorprendente, se mechan trozos de la historia de esta parte
del sur de la Patagonia.
La abuela no se queja por estar en el hogar de ancianos; comprende
que, con los achaques propios de la edad, en su casa no pueden
cuidarla como ella necesita. Su hijo superviviente, Marcelo,
anda por los 80, Miguelito, su hermano, murió hace ya
varios años.
A veces, sólo a veces, se queja de aburrimiento, "no
se puede hacer nada con tanto viejo alrededor", masculla
mientras camina por los jardines del asilo.
Los domingos -días de más visitas- se engalana
como para una fiesta y da charla a quien quiera oírla.
Los ojos vivaces, la lengua ágil y una memoria inmune
a los embates del tiempo, hacen de ella un referente obligado
para comprender la historia de Puerto Deseado (Santa Cruz),
donde pasó la mayor parte de su vida.
Llegó a la Patagonia en 1917. Había dejado atrás
su Campo Redondo natal, en la provincia de Palencia, España,
para encontrarse con su hermano Benigno que estaba en Deseado
desde hacía nueve años, "ganándose
la vida". Su aldea consistía en un conjunto amontonado
de chozas de piedra y barro, rodeadas de montañas y montes.
Tal vez por eso lo primero que la impresionó al llegar
fueron las desparramadas casas de chapa. "Ya las había
visto en Comodoro, cuando bajé del barco... si había
una docena era mucho...".
En 1918 se casó con Miguel Ramos y tuvo a sus hijos Marcelo
y Miguel. Al poco tiempo fue a trabajar a la estancia de Emilio
Petersen, gerente del ferrocarril.
Durante sus años en el campo realizó faenas rurales,
al tiempo que trabajaba en la cocina de la casa principal. Su
rutina sólo se vio interrumpida por las huelgas de 1920
y 1921.
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Concepción
Ramos y su familia. |
Volvió al pueblo en 1930. Allí comenzó
a vivir de una chacra que consiguió y, por casualidad,
del cuidado de chicos que iban a la escuela. "Don José
Sequeiro tenía a sus hijos Tato y Emilio estudiando con
los curas, pero Tato se enfermó. No quería llevarlo
a la casa para no perder el año, entonces me pidieron
si yo lo podía tener... me sorprendí... era mucha
responsabilidad... pero les dije que si no tenían problema
con la comida estaba bien, del aseo me encargaba yo... Bueno,
vino Tato y después Emilio y después vinieron
otros... fueron casi treinta años luchando con chicos...".
Puerto Deseado de principios del siglo XX acapara sus mejores
recuerdos. "En el '30 era un pueblito tranquilo, toda gente
europea, tada gente muy bien... pasábamos unas fiestas
hermosas, espléndidas... todo muy familiar... los corsos
eran muy alegres, muy lindos, de pueblo chico... Lo mejor eran
los bailes en la Sociedad Española... hubo uno, para
carnaval, que no tuvo comparación. El disfraz más
bonito fue de una chica que se vistió mitad de novio
y mitad de novia, después eran todos trajes de fantasía...
muchas disfrazadas de holandesas... hubo un grupo que se disfrazó
de boda... él estaba de frac y galera, era muy alto,
y su novia apenas le llegaba al pecho, tenían seis pajes
de cada lado, todos hombres vestidos de mujeres, con guirnaldas,
capelinas, vestidos de encajes de todos colores, con zapatos
altos con rosas... eran hombres duros, unos gordos, otros flacos...
el que hacía de cura tenía un traje negro, un
muchacho lampiño, tenía letra y empezó
a hablar y hablar, dando un sermón, sin papel y sin nada
en el escenario... era para morirse de risa, pero todos escuchábamos
serios...".
El ajetreo del pueblo se concentraba en el ferrocarril y en
la playa, con los barcos que traían mercaderías
para La Anónima y los que se llevaban los capones faenados.
Cuenta María Concepción que "...los barcos
eran muy grandes, de unos 150 metros... no cabían en
el muelle... cargaban la carne en abril y mayo, después
se iban para el norte, no quedaba nadie... solamente una custodia
en el frigorífico...".
Bajo los influjos de la lana y el ferrocarril, el pueblo creció,
los comercios se multiplicaron y la población aumentó.
Muchas cosas ocurrieron, y María Concepción Sierra
puede dar cuenta de todas ellas. Después de todo su vida
siguió un aventurero itinerario por tres siglos de historia
patagónica.