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"Un solitario en Tierra del Fuego": Las memorias del pionero Pedro Ostoic

Por Emilio Urruty

Colonizó el desierto sudoriental fueguino, fue seguido por su amada mujercita y a los 88 años volvió al lugar, a caballo y a pie, para rendirle homenaje

Hay aventura, soledad, tragedia y amor eterno en la historia -por fin, recopilada, escrita y publicada en forma de libro- de la vida de Don Pedro Ostoic (pronúnciese "Ostoich") y su abnegada compañera Duisa, ambos pobladores pioneros de la bahía Aguirre. En ese ventoso rincón, ubicado en el extremo sudoriental de la Tierra del Fuego, vivió Ostoic doce años solo (entre 1930 y 1942) y luego otros ocho (hasta el ´50), en compañía de su esposa y sus hijos. En 1994, con 88 años encima y ya viudo desde hacía 30, Don Pedro decidió regresar a ese confín, primero cabalgando y después caminando, para colocar una placa recordatoria, en homenaje a su amada de siempre. Y hubo de vivir esa última aventura solo, igual que había pasado tantas otras peripecias en su larga existencia. "Un solitario en Tierra del Fuego" se editó recientemente, e incluye fotos inéditas. Leer esas memorias, tomadas directamente de los testimonios orales brindados por Ostoic al historiador Arnoldo Caclini, es como estar hablando directamente con este pionero, cuya vida puede servirnos de modelo de austeridad y sacrificio, conceptos de los que mucho se habla en los últimos tiempos pero que, de tan repetidos, parecen haber perdido su sentido más profundo.

Pocos novelistas serían capaces de reunir en un solo libro tantos ingredientes como para contar una historia altamente excitante y que resultase a la vez verosímil para el lector. Un relato en el que se fundieran, con un paisaje exótico y salvaje como escenario, la extrema soledad que templa el alma, el amor eterno que la eleva, el desamor que la fractura y el crimen que la envilece, y en donde se narrara el pendular de los éxitos y fracasos económicos, los exilios, los homenajes silenciosos, y la aventura temeraria de un anciano viudo, hasta el fin enamorado de su compañera que lo siguió hasta el último confín del mundo.
Pero se equivocarían al intentar inventar un relato así, al querer trazarlo sólo con su imaginación, simplemente porque imaginarlo ya no sería necesario. Es que hay historias verídicas en las cuales, como suele decirse, la realidad supera toda ficción. Tal es el caso de la vida pionera de Pedro Ostoic.

La soledad como primera compañera

Lo acompañó la soledad durante mucho más de una década en el verdadero último rincón del planeta: el cabo San Gonzalo, en una de las puntas de la bahía Aguirre, sobre la costa sur de la península Mitre, en el lejano oriente de la Tierra del Fuego.
Más tarde -doce años, para ser exactos- volvió a la civilización, aunque en su vuelta traía solamente el objetivo de encontrar una compañera, que contra toda lógica quisiera estar a su lado allí donde el viento pega la vuelta.
No tardó en hallarla, y la muchacha -que, aunque llevaba el mismo apellido que él, era catorce años menor y venía de una muy distinta cuna y educación-, pese a todo, aceptó seguirlo a donde fuera. Aun hasta ese fin del mundo tan temido.
¿Cómo no seguirlo? ¿Cómo no caer rendida en los brazos de un aventurero como Ostoic? ¿Cómo no fundirse en las manos del hombre que, a la manera de un personaje salido de los cuentos de Jack London, había fundido para sus alianzas de boda el mismo oro extraído durante años de las remotas playas fueguinas de bahía Sloggett?

Una piedra preciosa, encastrada en el páramo

Inmediatamente después de su casamiento, Pedro y Duisa partieron hacia el sur, por mar, hacia Ushuaia. Los esperaba una dura cabalgata de siete días hasta el páramo al que, en adelante y durante casi otra década, llamarían su hogar.
Ya no se trataba de una travesura juvenil -Pedro tenía entonces 36-, sino de toda una aventura familiar. Allí, aislada en el borde de uno de los bordes del globo, la joven Duisa Ostoic de Ostoic, con 22 años, aprendería a criar a sus primeros hijos.
Según testigos de la época, que la veían de cuando en cuando, la hermosura de la joven no decrecía por efecto del viento inclemente, ni perdía un ápice de su femineidad sólo por cubrirse con pobres prendas de fajina en lugar de vistosos vestidos, que le hubiesen correspondido mejor.
Pionera hasta la médula del alma, el aislamiento en Bahía Aguirre no parecía impactarla, al menos durante los primeros años. En las pocas ocasiones en que, tras un viaje de varias jornadas a caballo, los Ostoic se acercaban a la aldea que Ushuaia era por aquellos años, los amigos de la pareja no dejaban de asombrarse por la tenacidad y la abnegación de la bella Duisa, especie de piedra preciosa perdida en un erial ventoso.

Ahora existe un libro con esta historia

"Un solitario en Tierra del Fuego" es el libro, de aparición reciente, que trae escrita esta historia, que fuera compilada por Arnoldo Canclini sobre la base de los testimonios grabados y los diálogos que, desde 1982 -cuando se conocieron en medio de la elaboración del Libro del Centenario-, este reconocido historiador ha venido manteniendo con Don Pedro Ostoic.
asta sentarse con el nuevo volumen en las manos e imaginar que es el propio Ostoic quien, con sus noventitantos años a cuestas, nos cuenta su vida, saltando de un tema al otro, haciendo los silencios que va marcando la emoción, y poniéndole énfasis a los retazos de una juventud que ya, desde hace mucho tiempo, es sólo recuerdo.
De hecho, la experiencia sería bien posible. Es que Don Pedro vive en Villa Tesei, Morón, una localidad del Gran Buenos Aires. Lo acompañan sus muchos descendientes, los mismos que hicieron bien al no retenerlo cuando, en 1994, al veterano pionero se le ocurrió que debía volver hasta bahía Aguirre -a caballo y a pie- y colocar allí, en la base del faro San Gonzalo, una placa para rendir homenaje "a la guapeza" de su compañera.
stoic cumplió su deseo, y la aventura aparece detallada en la parte final del libro. Más allá de la placa, la peregrinación realizada en solitario por el anciano significó el mejor sacrificio que podía ofrecer a la memoria de la bella Duisa, la mujer amada que, dejando comodidades, lo había seguido hasta el fondo del mapa, sin preguntar siquiera a dónde iban, con una fe de la que sólo las almas pioneras son capaces.

 

 

 
 
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